Vinos de ayer y de hoy

goyenecheaEn San Rafael, Goyenechea es una de las firmas más tradicionales que recibe al turismo dando cuenta de su historia y del desarrollo vitivinícola sureño.

El trabajo de cinco generaciones se materializa en la bodega que, fundada en 1868, hoy recibe al turismo en su locación de Villa Atuel.

Como intentamos cada domingo, la idea es sumar alternativas a los circuitos tradicionales. En este caso, a 60 km de la ciudad de San Rafael, Goyenechea se presenta como una excelente propuesta para recuperar la cultura del vino y la labor de tantas personas que durante el año acompañan los ciclos de la naturaleza buscando el mejor producto.

Vale la pena desviarse hacia este distrito eminentemente rural, en el que las costumbres de campo se reproducen a uno y otro lado del camino, como una escena continua de la que cada viajero extrae su plano (detalle) dilecto.

La calle de enormes carolinos es la antesala del edificio de la antigua bodega, el mismo que adquiriera la familia hace 140 años. Los visitantes pueden recorrer las instalaciones siguiendo el proceso de producción y las instancias históricas que atravesaron a la firma.

Las vasijas de roble del siglo XIX, hoy en desuso,siguen impávidas como testigos del paso del tiempo. Los encargados de la vinificación son los modernos tanques de acero inoxidable con sofisticados equipos de frío y también barricas de roble francés para sus diversas líneas.

La original cava es quizá uno de los espacios más entrañables, pues se encuentra en las antiguas piletas, unidas por aberturas en arco que generan un espacio sumamente cálido. Lo mejor es que la coloración responde a los caldos que antes contuvieron: borravino para los tintos y un amarillo ocre para los blancos. El espacio cumple con la humedad, luz y temperatura ideal para la crianza del vino en botella, y también otorga un halo místico a su función.

Luego la guía conduce a la capilla de la propiedad, un pequeño recinto en el que aún dan misa los domingos para la gente del lugar. Aquí cabe mencionar que como en otros casos a lo largo del territorio provincial, estas mega bodegas que nacieron hace más de un siglo significaron el motor de desarrollo para la localidad en la que se insertaron.

En este caso particular, en las 1.200 hectáreas que la rodean hay 50 casas para los empleados, una escuela para los niños del pueblo, un club social y la capilla de la que hablábamos.

Otro dato por demás ilustrativo es la desviación de las vías del ferrocarril hacia la parte posterior de la bodega. Allí antiguamente se cargaban los vagones con vino para comercializar en Buenos Aires y se descargaba alimentos y diversos productos que procedían de la capital, del negocio que la familia conservaba allí y que abastecía a toda la finca.

Aires nuevos

Soledad Goyenechea, parte de esa quinta generación que administra la bodega, es la responsable del área de turismo. Ella nos conduce al Visitor Center, que se inauguró entre la casa vitícola y la patronal, siguiendo la misma línea arquitectónica.

El lugar, además de comercializar las líneas de Argentina y de exportación, en los jardines, al ingreso, un conjunto de mesas y asientos tientan para quedarse. Picadas, tapeo, tardes de té y, si el visitante lo solicita, se realiza la degustación al aire libre bajo el sol que por estos lares nunca deja de brillar.

Pasta de aceitunas, tomates secos, salsa de cebolla, tablas de fiambres, quesos y carnes ahumadas, integran la propuesta gastronómica, desestructurada, amigable y cálida, como todo por aquí.

Fuente: Diario Los Andes (26/07/2009) – Suplemento Turismo

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